COMO YO, NADIE TE HA AMADO.
A mi bisabuela Francisca, que nunca conocí,
pero sé que está conmigo desde que mis padres aún no me pensaban;
Y también a aquel amor que algún día tendré,
que Dios colocará en mi camino por divina “casualidad”,
que inundará mi ser por completo
y que llegará a llenar mis días de alegría plena.
S.P.
1
- Es que siento que tengo que decirte algo, porque en realidad ya no puedo más…
- Qué pasa Francisca, te escucho mi amor…
- Es que… Sebastián, sabes… Desde hace algún tiempo que no me siento igual que antes, como que…
- ¿Como qué? ¿Qué quieres decirme, Francisca? Respondió Sebastián, presintiendo lo que su amada trataba de decirle, pero tenía la esperanza de que aquello no fuera cierto.
- Bueno, tengo que decírtelo, lo haré, porque mi carácter me obliga a decírtelo y tú me conoces bien. Francisca le dijo a Sebastián, esperando que sea él, quien termine lo que pretende decirle. Sebastián permanece en doloroso silencio, pues sabe que la mujer que más ama en la vida, tiene que decirle algo que acabará con su felicidad. Lo sabe, pues la conoce más que a nadie y porque el amor nos hace conocer tan bien a la otra persona, que llegamos a adivinar lo que piensa y lo que siente.
- Bueno… Sebastián, tú sabes que te he amado mucho, que te quiero mucho, que eres el hombre que más me ha querido en la vida, y el más importante también, pero… Pero, resulta que me di cuenta de algo, y prefiero decirlo ahora porque ninguno de los dos se merece seguir sufriendo de esta forma…
Sebastián y Francisca, eran la pareja perfecta, los dos eran capaces de dar todo por el otro, y se amaban infinitamente desde hacía tres años, cuando ella le dijo que lo amaba. Sebastián por su parte, era un joven guapo, alto, de cabello castaño claro y unos ojos profundos que evidenciaban a simple vista el amor por Francisca. El día en que la conoció, supo que era el amor de su vida, pero que sería difícil tenerla a su lado, ya que, Francisca tenía un carácter totalmente distinto al suyo, pero era la mujer más maravillosa que había conocido en su vida. Sabía que Dios la había puesto en su camino, por alguna hermosa y sencilla razón.
Francisca, una mujer de rasgos marcados, tez morena, alta, pero no más que Sebastián, hermosa, pero dotada de esa hermosura especial, distinta, difícil de encontrar en el común de las mujeres. Nada parecida al prototipo de mujer de la televisión, pero con sus especiales dotes que enamorarían a cualquier hombre, y que finalmente el amor haría resaltar para Sebastián. Tenía un especial gusto por la lectura, y era tranquila, pero de carácter fuerte, capaz de intimidar a cualquiera si la provocaban. Había conocido a su novio en una convocatoria para decidir el futuro de la Universidad referente al paro nacional, mediante una votación; ella estudiaba Derecho, tercer año, y amaba como a nada su carrera. Venía del sur, un pueblecito más bien pequeño, poco acostumbrada a las fiestas y era más bien recatada de aquel tipo de exhibiciones públicas.
Aquella reunión era definitoria, era un sí o un no al paro, por lo mismo debía asistir la gran parte del alumnado, por no decir todo. Era un nueve de abril, en el magno auditorio, cuando Sebastián vio por primera vez a Francisca. Inmediatamente, vio algo especial en aquella jovencita que con gran desplante defendía su posición referente a aquel tema, frente a cientos de personas de todas las facultades de la universidad. Lo atrapó inmediatamente, la había visto algunas veces antes, pero nunca le había llamado tanto la atención como ahora. Sintió de inmediato una atracción inexplicable hacia esa joven que le había sonreído un par de veces cuando se la encontraba en la entrada de la universidad. Francisca vestía un abrigo y una bufanda, que se notaba tejida a mano, con el pelo suelto y libre, de un color castaño oscuro que combinaba con sus ojos. Al terminar la reunión, Sebastián esperó a que salieran todos, y esperó a Francisca para felicitarla por como había defendido su postura, aunque su deseo oculto era hablar con ella, y si era posible entablar una amistad con aquella joven.
- ¡Hola! , sin miedo Sebastián le dijo a Francisca.
- emm… Hola, ¿te conozco de alguna parte?
- No, disculpa, sólo quería felicitarte por cómo defendiste tu postura, sinceramente me sorprendió verte tan decidida, ante tanta gente, no cualquiera lo hace. Dijo Sebastián un tanto avergonzado.
- Gracias. Es que sentí que debía hacerlo, no iba a permitir que me pasaran a llevar. Aunque no acostumbro a hacerlo normalmente. Respondió Francisca, mientras sentía como poco a poco sus mejillas se ruborizaban.
- Mi nombre es Sebastián, estudio Ciencias Políticas, tercer año.
- Mucho gusto, me llamo Francisca, y estoy en Derecho, tercer año también.
Luego de aquella fugaz conversación, Sebastián supo que aquella mujer estaría para siempre en su vida. Por su parte, Francisca, notó algo especial en Sebastián, un no sé qué que la llevo a hablarle nuevamente al otro día, cuando se juntaran por dudosa “casualidad” en la entrada. Y así pasaron los días, semanas y meses, en que Sebastián y Francisca se hicieron íntimos amigos, guardando en secreto lo que sentían, sin imaginar que el otro llevaba la misma pasión por dentro. Esperaban con ansiedad los momentos en que podían estar juntos, Sebastián iba a dejar a su casa a Francisca, en su auto rojo, en otras ocasiones caminando, que eran las que preferían ambos, ya que el camino era más largo y podían disfrutar más tiempo en compañía del otro.
En una de esas idas a la casa de Francisca después de las clases, la joven no aguantó más y le dijo de una vez lo que sentía, a Sebastián. Éste, como era de esperar, no se lo imaginaba, pero fue la alegría más grande de su vida.
- Me gustas. Le dijo Francisca, de repente a su amigo, dejándolo anonadado.
- Si, el otro día… Siguió Sebastián con su conversación, sin darse cuenta de lo que le estaba confesando su amiga, ya que, creía que era su inconsciente que se revelaba otra vez.
- Sebastián, me gustas. El primer día que te vi, sentí que por algo especial estabas en mi camino, y hoy ya no puedo seguir escondiendo esto. Perdóname por confundir esta amistad tan linda; si no es mutuo… no quiero perderte tampoco.
Sebastián, anonadado, no creía lo que su amiga le estaba diciendo. Había esperado tanto tiempo para ello, y por fin sus deseos se cumplían. De a poco, fue reaccionando, pero se mantuvo en silencio, tratando de decirle la palabra precisa a su amiga. Le tomó la mano y la llevó a un banco y se quedaron un largo tiempo sin emitir palabra alguna. Francisca, para sí, pensaba que su amigo no sentía lo mismo, y estaba buscando la forma más correcta de decirle la verdad para que ella no sufriera. Sabía que haber dicho aquello no era lo correcto y había sido muy apresurado de su parte. Mientras Sebastián escribía algo en un papel. De repente el joven la miró a los ojos, y puso el papel en una de sus manos y espero a que Francisca lo leyera antes de decir alguna palabra.
- Francisca… TE AMO.
¿Quieres pololear conmigo, linda?
Francisca no pudo evitar las ganas de abrazar a Sebastián, y él caballerosamente la estrechó contra su cuerpo, como tanto lo había soñado algunas noches, con un abrazo tibio, seguido de un beso, aquel beso que sería la respuesta a su petición, un beso apasionado lleno de emociones, muestra del amor que se tenían y que tanto tiempo habían ocultado, el primer beso que marcaría sus vidas para siempre.
Llegaron a amarse con locura, se eran fieles hasta con la mirada, y si fuera por ellos, hubiesen pasado todos los días de su vida juntos. Sebastián, nunca dejó de mimar amorosamente a su novia, y fabricó con ella un proyecto de vida, que juraron no romper jamás.
2
Sebastián miró con angustia a su amada, no quería que aquello pasara. La amaba como a nada en este mundo y si ella se alejaba, él moría. Francisca era todo en su vida, la quería como su esposa, la madre de sus hijos, la abuela de sus nietos, la mujer que lo viera llorar en el matrimonio de sus hijos, la mujer con la que viviría sus últimos días de vida, y lo más importante, la mujer con quien conocería el amor.
-Sebastián… es que siento que este último tiempo nos hemos alejado bastante..
-Tú eres la que se ha alejado Francisca, no me culpes de eso… Por favor, tú sabes cuanto te amo, y siempre estoy contigo… Respondió Sebastián, buscando alguna esperanza, ya que las había perdido todas.
-Yo no puedo seguir con esto… Lo siento tanto, tú sabes que te agradezco todo, absolutamente todo lo que has hecho por mi, tu tiempo, tu cariño, tu vida, pero… para mi ya no es lo mismo, ya no siento lo mismo de antes, ya no es igual, y yo no quiero seguir viviendo engañada… Tú sabes, que no hay nada peor que engañarse a uno mismo. Sebastián, no quiero que sufras…
- Y cómo, CÓMO! no quieres que sufra Francisca, bien sabes que te amo más que a nada, que te he entregado todo lo que tengo y tu me das esta puñalada por la espalda. Es que no me pidas que te entienda… Hace dos día atrás te pregunté si me querías y me dijiste que querías estar toda tu vida conmigo, y hoy así de la nada, me dices que no me quieres más. Quién te entiende, quién te entiende…
-Pero Sebastián, no me obligues a quererte… Le dijo Francisca, entre sollozos, a aquel joven que daba todo por ella, pero que ya no quería como antes, según ella.
-Yo no te quiero obligar a nada, pero te quiero decir una sola cosa, yo sé que ahora no sabes lo que me dices, que mañana cambiarás de opinión y que todo volverá a ser como antes, así que no me preocupo… Respondió Sebastián, tratando de aparentar tranquilidad frente a aquella joven que no quería seguir con él, que increíblemente después de tres años de amor incondicional, lo rechazaba.
-Sebastián, no te engañes. Te conozco, y sabes que eso no es verdad. No sabes cuanto me costó decidir esto, pero creo que ya es el momento… Lo siento, pero esto se acabó… Te quiero como mi amigo incondicional, pero nada más… Entre lágrimas le dijo Francisca, quien no quería ver sufrir a Sebastián.
-Tres años, tres años, tres años… y tú quieres que se me acabe el amor así de repente, no quieres que sufra, quieres que me calme, quieres que te quiera como amiga… No sabes lo que me dices, todo eso lo dices, para sentirte tranquila contigo misma, para no sentirte culpable. Pero, ¿sabes?, está bien, es tu decisión, yo no te voy a obligar a nada… Pero quiero que sepas que nadie, nadie te va a amar como yo te he amado, nadie… y quiero que sepas también que te amé con la vida, que fuiste la mujer más importante en mi vida, y que te entregué mucho, todo lo que tenía, y que de igual forma estoy agradecido de estos tres años… Porque han sido los más maravillosos de mi vida, y como esos, no viviré nunca más. Te amo.
Aquellas fueron las últimas palabras que Sebastián le dijo a Francisca antes de cerrar la puerta. Las mismas palabras que le dijo cuando empezaron aquella maravillosa relación, que hoy se hacía trizas. Después de eso, Francisca no supo del paradero de Sebastián, no lo encontró en su casa, ni en casa de sus padres, por lo mismo supuso que se había ido lejos, para olvidarla. Francisca estaba consciente del dolor que le había causado, y que con ella cerca no lo podría superar nunca.
Los días siguientes a la ruptura, Francisca se sintió un tanto aliviada, pero culpable a la vez. Sabía que había tirado a la basura tres años de amor incondicional, y que a ese hombre que tanto había amado le iba a ser muy difícil olvidarse de todo, porque lo conocía. De cierta forma, Francisca se auto torturaba con canciones de amor, recuerdos, fotografías, y canciones que él le había dedicado, diciéndole que sería la mujer con la que quería caminar de la mano cuando fuera ya anciano.
Algún tiempo más tarde Francisca consiguió un nuevo amigo, Federico, con el cual llegaron a ser los mejores amigos, gracias a él conoció a gente nueva, se enamoró algunas otras veces, pero el miedo a fracasar le impidió tomar la iniciativa. Sin que se diera cuenta, el fantasma de Sebastián seguía en su vida.
Por su parte Sebastián vivió un largo duelo, lejos de su familia y de Francisca. Intentó varías veces comenzar de nuevo, pero no lo logró. Al igual que Francisca, su miedo al fracaso fue más fuerte, y estaba seguro de que nunca encontraría una mujer como su Francisca.
Un día, inesperadamente conoció a Andrea, una mujer baja, de cabello oscuro y corto que lo había visto días antes en el edificio en donde vivía, y secretamente había averiguado que Sebastián vivía en el mismo piso que ella. Comenzaron saludándose cuando se veían por casualidad, luego comenzaron a visitarse, y esa extraña amistad pasó a una rápida relación, que Sebastián, por lo demás no dejó pasar, porque consideraba que era la única oportunidad que tenía para olvidar completamente a Francisca y de cierto modo vengarse de ella.
Andrea estaba totalmente enamorada de Sebastián, sabía que el la quería, pero en el fondo no estaba segura si la amaba. Sebastián por su parte se sabía feliz con ella, pretendía tener un futuro sólido con ella, y sabía que con el tiempo la amaría tanto o más de lo que amó a Francisca.
3
Un café caliente, sentado en el balcón y mirando de reojo el reloj que marcaba las seis de la mañana, Sebastián pensaba en todo lo que había vivido y terminó por aceptar que Francisca estaría siempre presente en su vida, ya que, fue su primer gran amor. Sabía que la había olvidado, aunque no del todo.
- Dios mío… Hoy acepté que todo esto tenía que ocurrir y ahora Andrea es la mujer de mi vida. Pero te quiero pedir una cosa y última: si colocas a Francisca en mi camino nuevamente, será una señal que Tú me envías de que ella siempre fue mía, y lo sigue siendo. Por ello, si eso llega a ocurrir, yo seré capaz de dejar todo lo que tengo por ella, por tratar de empezar de nuevo. Mi amada Francisca…
El despertador suena cada día a las seis y quince y hoy no era la excepción. Aquel pitido constante, sacó a Sebastián de su trance y se percató de que había pensado en voz alta.
Se duchó y pasó a buscar muy temprano a Andrea para llevarla a casa de sus padres por primera vez. Anhelaba encontrarse con Francisca, para saber de ella y mostrarle que él ya la había “olvidado y superado” presentándole a Andrea, pero sabía que para aquel entonces eso era prácticamente imposible, ya que, Francisca a estas alturas debe haber terminado su carrera y estar fuera del país, como lo habíamos soñado alguna vez juntos, pensó.
En el camino, Sebastián, le habló a su novia nuevamente sobre Francisca, y le advirtió que confiara en él, porque él estaba seguro de que había superado absolutamente todo y ahora ella era la mujer de su vida. Andrea lo besó en la mejilla, Sebastián sonrío, y mantuvo silencio todo el trayecto.
Francisca había ido muy temprano a casa de “los tíos”, como llamaba cariñosamente a los padres de Sebastián, en compañía de Federico. Tenía la costumbre de visitarlos aún cuando ya había roto con Sebastián, ya que sentía un cariño enorme por ellos, y finalmente no tenían nada que ver con su decisión. La joven aún no había optado por salir del país, pues aún tenía la secreta esperanza de ver algún día nuevamente a Sebastián y saber de su vida y poder darle una última explicación. En el fondo no quería seguir sintiéndose tan culpable del sufrimiento de Sebastián y quería cerciorarse de que el joven había superado todo.
Cuando Francisca y Federico llegaron a casa de “los tíos”, éstos se alegraron mucho de verla, y la recibieron amablemente. De inmediato la madre le contó de la vida de Sebastián, ignorando que Francisca no quería oírla hablar de él, porque le hacía mal.
-Mi niña, sabe que justo hoy Sebastián vendrá a visitarnos después de tanto tiempo. Nos avisó bien tempranito, y dijo que venía a presentarnos a su novia. Dijo entusiasta, la madre del joven.
- Andreita, dijo que se llamaba la chiquilla, ojala sea tan bonita como usted, aunque lo dudo. Acotó el padre.
Francisca sintió un cierto alivio, porque ahora tenía la certeza de que Sebastián había logrado superar todo, pero en el fondo sentía unas ganas enormes de verlo, pero no sabía como reaccionaría. Él si había podido empezar de nuevo, y ella, quien fue la que terminó la relación, aún estaba sola. Se dio cuenta de que aquel pensamiento era de una persona un poco celosa, pero pensó que era normal; pues no había imaginado a Sebastián queriendo a otra persona.
Luego de un rato, le pidió a su amigo que la llevara a su departamento, quería estar sola.
4
Abrió la puerta de su departamento, se despidió de Federico y se dejó caer derrumbada en el sofá. Sabía que la venida repentina de su ex le afectaba mucho, y rápidamente se l vinieron a la cabeza los recuerdos de tres años de amor apasionado y todos los proyectos que había creado con Sebastián para llevarlos a cabo juntos, pero que ella decidió no concretar.
Recordó cuando fueron a conocer la casa que Sebastián pretendía comprar cuando se casaran. También cuando pensaron en los posibles nombres apara la docena de hijos que pretendía tener como fruto de su amor incondicional. Pero hubo un recuerdo que la emocionó hasta las lágrimas.
- Sebastián… te quiero hacer una pregunta ¿Tú eres virgen, cierto?
-Jaja y ¿por qué me preguntas eso, mi amor?
-No sé, se me ocurrió preguntarte, es algo que nunca hemos hablado por lo demás.
-Aunque suene increíble, sí, soy virgen. Debo reconocer que he sido súper “cartucho” para esas cosas, y además que considero que eso es algo tan importante, así como un regalo ¿Me entiendes? Un regalo que sólo le puedes entregar a la persona que más amas en tu vida.
Un poco ruborizada, Francisca miró a su novio con una expresión de ternura, y le dijo:
-Me gustaría entregarte mi regalo a ti, mi amor. Sería tan maravilloso aprender contigo.
La joven estaba consciente de la virginidad como la prueba irrefutable del amor que se tenían, y era un regalo que ambos se guardaban puramente.
- Podríamos hacer una promesa… Darnos aquel regalo cuando lo estimemos necesario, cuando sintamos que nos amamos tanto, que nada ni nadie en este mundo nos va a separar. Cuando nos sintamos verdaderamente preparados a entregarnos por completo. Le dijo el joven.
Francisca le respondió con un prolongado beso, sabía que aquel era el hombre de su vida y que la respetaría siempre. Era aquel joven a quien quería regalarle su flor y aprender juntos las cosas del amor, pero aún no era el momento.
Francisca salió de su recuerdo entre lágrimas. Hoy más que nunca se arrepentía de haber roto con tres años de maravilloso amor, así como así. Sabía que si veía Sebastián nuevamente volvería a amarlo como antes, pero debía aceptar que él comenzó de nuevo, ama a otra mujer y sólo podría ser su amigo incondicional, tal cual ella lo había pedido en un principio.
Pero la joven nunca pensó que su encuentro con su viejo amor sería tan pronta e inesperadamente…
5
Iba con un libro de Isabel Allende bajo el brazo, con aquel mismo abrigo que llevaba el día en que Sebastián me habló por primera vez. Me lo coloqué por simple casualidad, aunque creo que algo dentro de mí me decía que él estaba cerca. Había leído algo en el metro, iba camino a un parquecito que me gustaba mucho para sentarme a leer buenos libros. Llegué feliz de la vida, aunque con el recuerdo de Sebastián en la cabeza. Me era imposible no recordarlo, ya que justamente en ese parque nos dimos nuestras primeras muestras de amor.
Por esas cosas de la vida, decidí quedarme ahí hasta que terminara mi libro, pero los pensamientos no me dejaban concentrarme. Observé todo lo que ocurría a mi alrededor, y no pude evitar llenarme de nostalgia, pensando en que ahora sí sería feliz, con el hombre de mi vida. Pero todo había sido mi culpa, todo.
De repente, algo dentro de mí me llevó a levantar la cabeza y mirar hacia un costado del parque. Una pareja de la mano, se veía muy alegre. Un joven de silueta conocida con una jovencita bastante más baja que él que reía mientras él le hablaba. El joven me llamó la atención de inmediato. Me parecía conocido, algo en él había que me hacía saber que lo había visto antes. Pero me convencí de que eran tonterías mías, miré el reloj y ya era lo suficientemente tarde y debía ir a casa. Me levanté y comencé a caminar en dirección de aquella pareja, ya que era la única forma de tomar el camino a mi casa y cuando ya estaba a una distancia relativamente cerca de ellos, el joven me quedó mirando detenidamente. No le tomé asunto, quizá si lo había visto antes en alguna parte y él también, así que era normal que tratara de reconocerme. Pero el joven no dejaba de mirarme. Mis mejillas ruborizaron, algo que nunca he podido evitar en mi vida, y el joven le soltó la mano a su novia para acercarse donde yo estaba. Se puso en frente de mí, y reconocí de inmediato aquella mirada profunda de Sebastián, que evidenciaba lo que sentía en el fondo de su alma. Lo primero que atiné a hacer fue a abrazarlo, lo abracé como nunca. Secretamente necesitaba sentirlo de nuevo, y saber como estaba. Me saludó con aquel brillo en los ojos que me llamó la atención desde el primer día que lo vi en la Universidad. Me presentó a su novia, Andrea, quien me sonrío levemente, pues supongo que sospechaba quien era. Sebastián debe haberle hablado de mí. Conversamos un rato y me invitó a su casa, a cenar, lo tres por supuesto. Me negué excusando que tenía que hacer algo muy temprano al otro día, pero que podíamos vernos después. Me dijo que tenía muchas cosas que contarme. No sé que cara puse, cuando su novia lo besó repentinamente en la boca frente a mí, pues Sebastián la alejó disimuladamente para no incomodarme de seguro. Nos dimos nuestros teléfonos, y se ofreció a llevarme a casa, pero le dije que prefería ir sola, no quería molestar a su novia. Le dije que lo quería y que me alegraba verlo feliz, me despedí con un beso en su mejilla y me fui.
Su olor me acompañó todo el trayecto de vuelta a casa. Y las lágrimas que caían solas, me fueron inevitables.
6
Había decidido llevar a Andrea a dar un paseo, después de presentarla a mis padres. Qué mejor lugar que aquel parque que visitábamos con Francisca, tenía que reemplazarla y ahora Andrea ocupaba su lugar. Pero debo confesar que nunca fue lo mismo.
Íbamos caminando tomados de la mano, mientras le contaba a Andrea mis anécdotas de pequeño. Ella se divertía mucho y no podía evitar su risa. De pronto, me llamó la atención una jovencita que estaba sentada leyendo un libro en el otro costado del parque. La noté conocida, pero la ignoré. Seguimos caminando con Andrea, y la misma joven que había visto antes, venía caminando en dirección a nosotros y había algo en ella, que notablemente me inquietaba. Llevaba un abrigo del mismo color del que llevaba puesto Francisca el día en que la vi en la Universidad. A medida que se iba acercando, me llené de una alegría inexplicable, pues no sabía a que se debía, pero no podía quitarle los ojos de encima. Cuando logre verla bien, encontré la respuesta a mi inquietud. Era Francisca, tan hermosa y radiante como siempre, más diría yo. Venía con un libro bajo el brazo, que seguramente había estado leyendo en el parque, como acostumbraba a hacer cuando quería desconectarse del mundo. Puede sonar cómico, pero traía el mismo abrigo que llevaba cuando la vi por primera vez. Estaba tan linda. Llevaba el pelo libre que hacía juego con sus ojos. Sentí que aquella chispa de siempre, se encendía de a poco, pero debía evitarlo. Ahora estaba comprometido. Le solté la mano a Andrea y caminé directo hacia ella. La miré y me sonrío maravillosamente y sin decir palabra alguna corrió a abrazarme. L a sentí tan mía nuevamente, había vuelto. Si, señores, había vuelto a ser mía, y esa era la señal que Dios me enviaba, pero no podía hacer las cosas tan fáciles. Sentí su aroma inconfundible y su cuerpo tibio pegado al mío. Supongo que mis ojos me delataron, porque Francisca me dijo que tenía la misma mirada de siempre, tan evidente. Fueron los minutos más maravillosos. Le presenté a Andrea y la invité a mi casa a cenar. Le dije que tenía muchas cosas que contarle- Se negó diciéndome que tenía que hacer algo muy temprano al otro día, pero que le diera mi dirección para que nos viéramos después. Me ofrecí a llevarla, pero me dijo que prefería irse sola, no quería molestar. No sé que habría pensado Andrea, pero sinceramente me daba lo mismo. Había aparecido Francisca, y eso lo era todo para mí. De pronto Andrea me besó en la boca frente a Francisca, la alejé disimuladamente para que Francisca no se sintiera incomoda, y no creyera que la había olvidado, aunque debía mostrar dignidad frente a ella. Se despidió rápidamente, me besó en la mejilla y me dijo que me quería. Le dije que yo también, que se cuidara y me llamara. Llevé su aroma conmigo todo el trayecto de vuelta a casa. La alegría me había vuelto, y la esperanza también.
Supongo que Andrea notó un cambió en mi, desde ese momento. Ella no tiene ningún pelo de tonta, pero me quería verdaderamente y prefería que yo le dijera algo, si eran verdaderas sus sospechas. No era capaz de dejarme.
7
Los días siguientes Francisca y Sebastián se visitaron constantemente, no les faltaba el tema, tenía que contarse muchas cosas, por cierto y ningún minuto dejaban que se escapase. La relación entre Andrea y Francisca se fue afianzando, ya que Francisca le tomó mucho cariño, sabía que ahora era Andrea quien hacía feliz a su amigo y eso debía aceptarlo. Se entregaron tanta confianza, que Andrea nunca desconfío del ex amor de su novio, aunque sabía que ella aún lo amaba como antes.
Con el paso del tiempo, Francisca se enteró de que su amigo Federico, era un gran amigo de la infancia de Sebastián. No se veían hace años, y vinieron a encontrarse fortuitamente en aquella ciudad. Formaron un lindo grupo de amistad, sin saber que se escondían apasionados sentimientos entre ellos mismos.
Un día de estos encontré a Francisca llorando desconsoladamente en su habitación. Yo tenía llave de su departamento, porque estuve viviendo un tiempo con ella, mientras encontraba algún lugar donde vivir. En el fondo sospechaba lo que le ocurría, pero tenía que escucharlo de su boca. Cuando me vio entrar a su habitación, se abalanzó sobre mí, y me dijo que ya no podía más.
- Federico… Hoy ya me di cuenta de todo, amo como a nadie a Sebastián y no sé que hacer. Ya no puedo hacer nada, él es feliz con Andrea, yo no puedo ni tengo derecho a arruinarle su felicidad nuevamente. Se van a casar en un mes más. Me dijo entre sollozos.
Traté de consolarla, yo sabía un gran secreto, peor no sabía si era apropiado contárselo. Era mi amiga, y no soportaba verla sufrir de esa forma, así que estaba en mis manos darle alguna esperanza, o un consejo alentador.
- Tranquila Francisca… No llores más, no vale la pena. Le dije, tratando de consolarla.
-Es que he estado tanto tiempo tranquila, ya no puedo más, es que yo iría y le diría todo a Sebastián, pero no puedo. No puedo. La única solución es que yo me vaya del país de una vez por todas y me olvide de Sebastián y lo así lo dejo tranquilo también a él. Sebastián se merece ser feliz con Andrea, y yo no tengo derecho a impedírselo. Me respondió totalmente decidida, y yo no iba a permitir que ella se fuera, sin haber agotado todos los medios.
-Francisca, sécate esas lágrimas y óyeme. Soy hombre, y sé muy bien lo que te estoy diciendo. Sebastián es mi amigo, y aunque aparente ser feliz con Andrea, no lo es tanto como lo era contigo. Él te sigue amando secretamente, se le nota. O no ves como te trata, o como se pone cuando te ve. El brillo de sus ojos cuando está contigo. Todos sabemos que te sigue queriendo tanto o más que antes, sus padres, sus amigos, yo, y hasta la misma Andrea. No cometas una tontería de la que te vas a arrepentir toda tu vida amiga.
-Federico… Yo ya cometí una tontería terminando con Sebastián y tirando los tres años más felices de mi vida a la basura. Ahora ya nada tiene remedio, tengo que irme.
-Francisca, no seas tonta y escúchame alguna vez en tu vida. Tú eres mi amiga, y quiero verte feliz. Si la vida te unió nuevamente con Sebastián, es por algo. Es otra oportunidad que Dios te esta entregando y tú no te la niegues por favor. Ahora anda a casa de Sebastián, y dile, dile que lo amas con toda tu alma, que has pensado en él todos estos años, y que no aguantas más. Dile que estás segura de que es el hombre de tu vida, hazlo, hazlo antes de que sea muy tarde y los dos se hayan arruinado su vida para siempre.
Eso fue lo último que le dije. Me miró con su cara de confundida, pero ella sabía que yo se lo estaba diciendo por algo. Le serví un café, esperé a que se tranquilizara un poco, y le pregunté si se sentía bien. Me dijo que sí, y que no iba a hacer más tonterías. Me juró que iba a ser feliz. Después de eso, me fui, llegué a mi casa, preparé café y me quedé dormido en el sofá.
8
Esa misma noche Francisca tomó la decisión más importante de su vida. Meditó las palabras de su amigo Federico y las puso en práctica. Se vistió rápidamente y partió rumbo a la casa de Sebastián.
Eran cerca de las doce de la noche, Sebastián estaba ya acostado, solo, dispuesto a dormir cuando escuchó sonar el timbre. Se levantó apresuradamente, se colocó su bata y salió a abrir la puerta. Se llevó una gran sorpresa cuando vio que era la misma Francisca quien lo visitaba a esa hora. Se saludaron amorosamente y Sebastián la hizo pasar. Conocía tan bien a Francisca, que notó de inmediato que algo la estaba inquietando. Le ofreció un café y ella aceptó. Estaba preparándoselo, cuando Sebastián decidió romper el silencio de una vez.
- ¿Qué te ocurre Francisca? Te conozco como a nadie, y sé que algo te pasa. Por algo llegaste a esta hora a mi casa, cosa que tú no acostumbras. Confía en mí, eres mi amiga, y estoy dispuesto a ayudarte en lo que necesites.
Francisca lo miró desconsoladamente mientras su amado le preparaba un café. “Eres mi amiga” le había dicho, y ella no podía parara de pensar en eso.
- Te amo. Te he amado desde siempre, y no sé por qué razón terminé contigo. Hoy me arrepiento más que nunca de lo que hice, pero quizá las cosas tenían que ocurrir así para valorarte de una vez. Como tú nadie me ha amado, y nadie lo va hacer nunca. Yo no soy quien para destruir tu felicidad con Andrea, pero sentía que debía decirte esto, porque no soportaría ver crecer tus hijos con otra y ser tu amiga el resto de tu vida. Le dijo la joven, con la cabeza hundida en sus manos, sin mirar a la cara a Sebastián, que estaba congelado en la cocina, sin decir nada. El joven no se lo esperaba. La misma mujer que había terminado con él, la misma que le dijo que ya no era lo mismo hoy iba a su casa a decirle que lo amaba con locura. Francisca rompió el silencio con sollozos que ya no podía guardar.
Sebastián se le acercó lentamente, le tomo una mano y la besó. Le tomó su rostro con delicadeza y la miraba fijamente sin decir nada, mientras ella dejaba caer lágrimas que no podía contener.
-Sabía que algún día volverías, Francisca. Cuando te volví a ver, te volví a sentir conmigo, te volví a sentir tan mía entre mis brazos. Tus ojos me decían que pedías a gritos que alguien te quisiera tanto como yo lo hice. No te voy a negar que te he seguido amando todo este tiempo. Conocí a Andrea, fui feliz con ella, pero no como lo fui contigo. Fuiste y sigues siendo el amor de mi vida. Soñaba con tu pelo, tu figura, tu sonrisa, tus ojos. Esa mirada inconfundible que no cambiaría por nada. Por nada, Francisca. ¿Por qué me dejaste?, ¿por qué terminaste con todo?, ¿por qué? No sabes cuánto sufrí, cuánto lloré, cuánto me cuestioné, echándome la culpa de todo, cuestionándome qué hice mal, en qué fallé. Te había dado todo, me había entregado por completo y tú me tirabas a un lado así como nada. Pero a pesar de todo, te seguí amando como nunca. Le propuse matrimonio a Andrea, porque sentía que tú ya no volverías a sentir lo mismo por mi, y yo no podía negarme esta oportunidad de comenzar de nuevo. Tenía que resignarme a ser tu amigo toda la vida, a tenerte a mi lado, pero como mi amiga, la madrina de mis hijos… Sebastián también lloraba, pero la seguía mirando fijamente, como esperando una respuesta, esperando alguna reacción.
- Perdóname, perdóname… He estado todo este tiempo lamentándome por lo que hice, pero estoy arrepentida. Ya sabes que te amo, te amo más que a nada, quiero que seas mi compañero, el amor de mi vida, quien llene todos los espacios vacíos de mi vida, quien me de las alegrías inolvidables de mis días. Si quieres seguir con Andrea, te entiendo. Ella no tiene la culpa de nada, y al final de cuentas yo estoy sufriendo todo lo que tú sufriste. Eso es lo justo, es lo más…
Sebastián la calló con un beso, un beso tibio que llenó su cuerpo de una sensación inexplicable y maravillosa que sólo sentía con Francisca. La joven se entregó por completo, Sebastián también. Esa noche no eran necesarias las palabras, se sentían tan suyos, el uno del otro, se sentían uno solo. Sebastián la besó prolongadamente y luego le recordó su promesa. Francisca, sabía de lo que le hablaba, no quiso decirle nada más, así que le secó sus lágrimas y lo besó. El mundo era para ellos dos, no existía nadie más, y sólo Dios era testigo de cuánto se amaban. El joven la estrechó contra su pecho, y la recostó delicadamente sobre el sillón. En un rito maravilloso, le quito las ropas y se dio el tiempo de observarla, de sentirla, tan bella, como nunca la había visto. Francisca, torpemente le desabrochó la bata, quedando desnudos a la luz de la luna. Se dijeron mil frases de amor al oído, mil palabras íntimas que tan sólo ellos eran capaces de entender. Cuando se conocieron se juraron amor eterno, y hoy lo volvían a hacer, como lo habían prometido. Se habían guardado mutuamente, y hoy se entregaban por completo. Se amaban, hicieron el amor una, dos, tres veces, hasta quedar exhaustos. Aprendieron juntos, se entregaron su regalo más preciado, se amaron como nunca. Se amaron como nadie. Estaban unidos desde siempre y para siempre. Francisca se acomodó en el pecho de su amado, le dijo que lo amaba y procuró para sí estar a su lado siempre.
9
Eran las siete de la mañana, y Sebastián despertó antes de Francisca. Procuró moverse despacio para no despertarla y la tapó con una frezada. Escribió un papel y se lo dejó a su lado con una flor. Se duchó, vistió y salió apresuradamente sin tomar desayuno. Iba camino a la casa de Andrea, terminaría definitivamente con ella, no quería hacerla sufrir, y debía explicarle todo, para que ella lo entendiera. Bien sabía que no le iba a ser fácil. Ella lo quería de verdad.
Andrea lo sabía, desde el primer día en que vio los ojos de su novio brillar cuando veía a su Francisca, supo que Sebastián no le pertenecía. La quería peor no lo suficiente. No tanto como amaba a Francisca. Ella lo entendió, le dijo que no se preocupase, él no tenía la culpa. Las cosas del amor son así, uno no elije a quien amar, le dijo.
Sebastián no negó su alivio, le agradeció todo a Andrea, que ahora era su amiga, porque en realidad nunca la quiso como algo más, y agradeció a Dios que ella haya podido entender todo. Pasó a casa de sus padres, a la de su amigo Federico, a todos les contó la noticia, a todos les dijo que por fin era feliz. Que por fin tenía a la mujer que amaba.
Llegó a su departamento y allí estaba Francisca, le pareció más hermosa que de lo normal y no pudo evitar besarla. Le dijo que quería casarse con ella, quería vivir toda su vida con ella, quería tenerla con él siempre. Francisca sonrío y lo besó.
10
Hoy tenemos cinco hijos, Francisca, Sebastián, Ignacia, Maximiliano y Agustín. Han pasado muchos años desde que nos conocimos, desde que hicimos el amor por primera vez, pero cada día el amor ha ido creciendo más y más. Hemos enseñado a nuestros hijos a ser personas de bien y a formarse en un clima de amor incondicional. Hoy damos gracias a Dios por mostrarnos el camino correcto, y no dejar que arruináramos nuestras vidas. Le agradecemos nuestros hijos hermosos y por tener a la persona más maravillosa del mundo al lado. Francisca sigue más hermosa que antes, y Sebastián está tan guapo como siempre. Cada vez que podemos nos decimos cuánto nos amamos. Cuando estamos lejos, nos decimos cuánto nos necesitamos. Cada minuto juntos, es un regalo de Dios. Cuando observamos a nuestros hijos, nos convencemos de que esas hermosas criaturas son fruto de nuestro amor, nuestro amor incondicional, nuestra lucha por ganarle al trabajo, al aburrimiento. Hoy nada nos separa, nada ni nadie. Francisca está embarazada de nuestro sexto hijo, y cada vez que la miro me doy cuenta que tomé la mejor decisión de mi vida, la mejor. Es la mujer más maravillosa del mundo. Es el mejor hombre que me haya podido tocar. Lo amo como a nada. La amo con mi vida. Toda la lucha valió la pena, y lo que pasó pasado ya está y ocurrió porque tenía que ser así, porque Dios lo quería así.
Gracias a Dios conocí el amor junto a esta mujer. Gracias al cielo, este hombre es el único que me conoce como a nadie, y me ama como a nadie; porque como Sebastián, nadie me ha amado. Y como Francisca, nadie me ha amado.®
